JUVENTUD HUERFANA DE HISTORIA.

 

Autor: Dany Valencia.

 
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Durante toda la carrera de historia en la universidad, me hice una y otra vez la misma pregunta: ¿de donde viene la juventud?, y claro, no había terminado de formularla cuando empezaron a aparecer respuestas: Que es una construcción social y que aparece después de la segunda guerra mundial; que es una construcción de la psicología de principios del siglo XX; que es una construcción de la modernidad europea; que en Colombia la juventud aparece en las luchas de los jóvenes y universitarios en contra del aparente fraude en las elecciones de 1970 y que se hace evidente sobre todo con el movimiento de la séptima papeleta que a la larga se convirtió en uno de los ingredientes más importantes para la proclamación de la constitución de 1991.





Y aunque las respuestas parecían claras, como alguien que empezaba a aprender a tejer ideas, encontré nuevas preguntas: ¿Antes de eso no existía la juventud?, ¿si no había juventud no había jóvenes?, ¿cuál es la diferencia entre jóvenes y juventud?, ¿cómo vivían antes de esos hitos las personas que por edad hoy se describirían como jóvenes?...

Anacronismo: Palabra favorita para la mayoría de los historiadores y sirve para describir algo que no corresponde al momento histórico al que se refiere; en el campo académico sería equivalente a un error, por ejemplo, estaría mal hablar de colombianos antes de la independencia, pues aún no había ninguna nación llamada Colombia. Eso es un anacronismo, y pues volviendo a la idea de juventud, parecía que aventurarme hacia al pasado en su búsqueda sería cometer un "anacronicidio"; bueno, esa palabra la inventé, pero sería como cometer un anacronismo muy grande. Sin embargo, asumí el riesgo a pesar de las múltiples recomendaciones de no perder tiempo en esa empresa.

Mi primera labor, la de definir esa idea de juventud; término tan raro que todos usan, pero que escapa a una definición básica. Sociólogos la definen de una manera (o muchas), psicólogos de otras, políticos de otras, y hasta los jóvenes de otras. ¡Qué confusión!, y ante eso, pues mi camino fue el de ver si algo de esas definiciones se mantienen cuando se empieza a devolver el casete en el tiempo.

Y vaya que encontré cosas. Cuando se quiere saber la definición de un término, el primer recurso normalmente es el diccionario, y cuando queremos un diccionario medianamente serio hoy acudimos al de la Real Academia de la Lengua Española, pero tal diccionario antes era llamado diccionario de Autoridades que en su primera edición fue lanzada por tomos entre la tercera y la cuarta década del siglo XVIII, mejor dicho, entre 1724 y 1739.





Revisé esos primeros diccionarios de Autoridades y otros posteriores ¡y vaya sorpresa!, Ahí estaba casi deslumbrante, la palabra "juventud". obviamente la palabra no respondía a una invención de la Real Academia de la Lengua Española, sino a la recolección de un término que ya era usado en sociedad. ¿Y qué significaba?, pues los significados más recurrentes eran los de la juventud como una etapa de vida entre la niñez y la adultez (una época de transición), y la juventud entendida como un conjunto de jóvenes. Esto también me ayudó a diferenciar un poco entre la idea “joven” y “juventud”.

Obviamente un diccionario antiguo no puede mostrarnos el mundo de hace trescientos años, como tampoco uno actual nos mostrará el de hoy, pero el encontrar que efectivamente el término se usaba, nos dice que ya había algo a lo que se le llamaba juventud. Y en mi búsqueda encontré en muchos textos, noticias, testamentos, descargos judiciales y otras huellas del pasado. El término era usado tan coloquialmente que nos dice que hay una realidad que invita a ser explorada. Hasta llegué a caracterizar un poco esa juventud mencionada, una juventud "pervertible", "corrompible", "inexperta", sobre la que estaría "el futuro". O bueno, al menos así la denominaban los conservadores que publicaban las noticias en el diario oficial del siglo XIX en Medellín, (probablemente igual a como nos caracterizarían muchos adultos en pleno siglo XXI).

Incluso tuve la oportunidad de leer a Orlando, quien al parecer producto de su locura, de un desamor o de quién sabe qué cosas, terminó suicidándose; si yo no fuera historiador y no temiera a los anacronismos, llamaría a dicho acto un “suicidio juvenil”. Orlando en sus escritos inspiraría la publicación de un diario en pleno siglo XIX que llevaría su nombre. Él describía su propia juventud como ese ente sofocante de vida, adoctrinado por el fanatismo de la sociedad dormida, las instituciones y sus costumbres, y concluía que era necesario despertar a dicha sociedad para un real porvenir.

Siempre he creído que ser realmente joven es tener ese espíritu de revolución, de querer despertar masas, sociedades. Como lo quiso nuestro querido Orlando.

Y encontré muchas cosas, que creo deben seguir siendo exploradas y sobre las que espero que nos sigamos preguntando desde la academia, pero también desde nuestra condición de juventud. Como jóvenes no podemos dejar huérfanos de historia a los jóvenes que fueron parte de lo que hoy somos.