Teoría conspirativa para una revolución del ocio en cuarentena.

 

Autor: Sebastián Salazar Cano.

 
COMPARTIR



Construir una teoría puede resultar sencillo. Desde que el mundo es mundo, por usar una expresión que denote que no se sabe muy bien el momento exacto en que el hombre comenzó a teorizar, se han construido millones de ellas; sobre todos los temas y de todas las formas posibles. Newton edificó la teoría de todas las cosas que caen; la poeta Andrea Cote la teoría del espíritu que es el hueso que no se puede roer; y Ribeyro la teoría de los fumadores insignes que fuman para tener contacto con el fuego, a la manera en que los presocráticos buscaban el Arché, el origen del mundo en los elementos de la naturaleza. Sin embargo, hablar de conspiraciones reales en la historia puede resultar un poco menos alentador si lo que queremos encontrar es cantidad y si lo que entendemos por conspiración va más allá de ficciones sensacionalistas. Según la RAE el verbo conspirar refiere al unirse contra un superior o soberano, es decir, contra el poder establecido.





Todas las conspiraciones en la historia tienen en común la pulsión de dar el paso definitivo hacia un cambio de era. Cuando aparecieron las primeras instancias de producción en masa que Marx llamó los burgos, supimos del fin inminente del feudalismo y del nacimiento de esa nueva clase social, la burguesía, que poco a poco derribó las monarquías e instauró su propia manera de administrar la vida en las sociedades, de comerciar en lenguas vulgares. De la misma manera, la revolución francesa, por no hablar de los rusos, indicó un cambio de paradigma en la modernidad y en Latinoamérica, la revolución cubana sentó la mayor base de las teorías conspirativas de quienes tomarían las armas en la américa de Martí en los años venideros.

Ahora, en la situación actual y en el caso hipotético de que una pandemia haya cambiado radicalmente las formas de vivir en el mundo, debemos preguntarnos como sujetos de una época si pasamos de la teoría a las conspiraciones. El pensador surcoreano Byung-Chul Han se ha atrevido a nombrar la era que viene como feudalismo digital y cree que el modelo chino podría ser el impuesto como nueva gran potencia. Yo no sé si alguna vez en las historias de la historia, la humanidad superó el feudalismo o si en el reverso de las banderas estadounidenses que adornan las fachadas cada cuatro de julio ya no dice made in China. Pero todo parece indicar desde hace décadas, lo que Chomsky definió como el paso del capitalismo salvaje al capitalismo depredador, es decir que las grandes corporaciones y empresas privadas, no contentas con las fortunas inverosímiles que amontonan en oscuros sótanos de la banca, pasan también a agregar a sus cuentas los dineros públicos en forma de contratos, sin ni siquiera competir, en el supuesto libre mercado que se repite como un concepto vacío, en discursos que resultan ser largas composiciones, bagatelas de ocasión.





Como soy de mente dispersa, suelo pasar de pensar en estas cosas a pensar en lo que no viene al caso. Esta semana, desesperado en el encierro, he pensado en Emily Dickinson, la poeta estadounidense del siglo XIX, que pasó la mitad de su vida encerrada en su casa por decisión propia, según dicen sólo vestía de blanco. El agua se conoce por la sed, me repito. Luego he pensado en Cervantes, el manco de Lepanto, que empezó a escribir el Quijote en la Cárcel y lo más increíble es que fuese español y no inglés, por eso los españoles tardaron tanto en entenderlo. Pienso en ellos y en muchos otros porque su vida constituye un ejemplo de rebeldía. Dickinson burló los destinos posibles para una mujer de su época: el matrimonio o la vida religiosa. Nunca se casó y en lugar de monja se hizo poeta. Cervantes Fracasó como poeta y también como dramaturgo, los dos géneros en boga de su tiempo y a cambio inauguró la novela moderna. Murió lejos de la gloria, sin saber su hazaña.

Y es aquí donde debo sonar revolucionario y ruego que no se confunda con la pereza el arma de mi lucha: el ocio. En los tiempos de la productividad parece haberse olvidado por completo lo que significa el ocio, que viene del latín Otium, el que se dedica a sí mismo. Por su parte el negocio resulta ser la negación del ocio, el que se niega a sí mismo. Por eso Cicerón decía que nada honrado podía salir de un negocio, el que negocia (para efectos de hoy, el que trabaja) se rebaja al nivel de los esclavos, afirmaba. Por su puesto, Cicerón podía darse el lujo de pasarse el día pensando y construir ese tipo de afirmaciones porque tenía esclavos a su servicio. Sin embargo, hay que aclarar que el ocio como posición política o como arma para la revolución, no pretende denigrar la potencia estética, ética y humana del trabajo y los trabajadores, sino más bien, volver a pensar sobre las dinámicas en la historia desde que se cambió el concepto de esclavitud por el de trabajo, el de amo por jefe.

¿Cuántos esclavos de la antigüedad podrían haber pensado cosas más profundas que las de Cicerón? ¿cuántos trabajadores de hoy podrían escribir poemas como Dickinson o novelas como Cervantes si se entregasen al ocio y a la contemplación del mundo y de sí mismos? y aunque no pudiesen escribir nada, ¿cuántos serían más felices con el tiempo a su favor?. Es lo que me pregunto hoy mientras algunas de las familias más ricas del mundo ven crecer en un 10% sus fortunas aún con la crisis económica que se le atribuye al covid- 19 y no a un sistema inviable que no se asume fallido. Dicen que Brahms incluía en todas sus sinfonías el golpe de un timbal para despertar a los espectadores que se quedaban dormidos en los conciertos. Afuera las calles vacías y el silencio. Yo sigo esperando al ocioso percusionista que renuncie a los horarios inhumanos de lo que llaman trabajo, el golpe certero al timbal que nos despierte.